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Desde el momento en que nacemos estamos determinados por unos rasgos predominantes en el temperamento que nos llevan a tener comportamientos que  son el resultado de esas influencias que vienen impresas genéticamente. Parte del proceso de crianza en que nuestros padres nos guían, nos ayuda a manejar algunos de esos rasgos, nos van llevando a adaptarnos y acoplarnos a la sociedad de forma relativamente fácil. La madurez cronológica y física que vamos experimentando al crecer deberían encargarse de terminar el proceso.

Sin embargo y debido a unas condiciones de la naturaleza del ser humano, puede suceder que nuestros padres no posean las herramientas para ayudarnos a borrar algunos rasgos que tienen que ver con la posesividad o la manipulación, incluso es muy probable que algunas dinámicas de nuestro hogar, en vez de mitigar se encarguen de fomentar mucho más estos rasgos. Como padres deberíamos conocer claramente las condiciones del temperamento de nuestros hijos para ayudarles de forma particular o individualizada.

Mi padre, juez de la República durante cerca de 30 años. Un hombre recto, pacífico y lleno de mucha sabiduría. Estoy convencido que la actitud de él hacia la vida, sus valores y sentido de respeto hacia la humanidad, su deseo de equidad y justicia fueron referentes muy fuertes para mí, a pesar de que con el tiempo llegara a confundirme tanto en mi vida, pero fueron precisamente estos valores que me sirvieron de faro para no naufragar en conductas grotescas y reprobables en lo que a la dignidad humana y el respeto por la vida se refiere.

Mi madre, de joven caprichosa y neurótica, se hace enfermera a la sombra de mi padre. Por su condición de hermana menor en una familia grande precisamente deriva en actitudes caprichosas y manipuladoras. Aunque bien intencionada, nunca pudo controlar sus emociones. A pesar de ser el consentido de mi madre, rechazo ese tipo de comportamientos y sufro. Sufro por un lado la sobreprotección enfermiza de mi madre que me asfixia con cuidados, mimos y exigencias constantes para que sea como ella quiere que yo sea y sufro el maltrato físico al que es sometido mi hermana y el psicológico al que es sometido mi padre quien ve cuestionada y hasta saboteada constantemente su autoridad.

Sufro el no gozar de autonomía para decidir acerca de mis propias cosas, ni qué comer, ni qué ropa colocarme, ni cómo peinarme, hasta el punto que me convierto en un niño domesticado que nunca sale de su casa y no tiene amigos, que estudia seminterno toda su primaria, que debe recibir clases de un instrumento musical que no le gusta, que debe usar pantalones cortos en contra de su voluntad, un niño que no es feliz.

La sobreprotección es el extremo opuesto del rechazo pero es igual de nocivo. Es verdad que el ser humano como lo afirma Eric Berne en su propuesta del Análisis Transaccional, manifiesta una necesidad de caricias o estímulos físicos que de no ser satisfechos generan falencias en la estructura o construcción de su personalidad. Sin embargo, concebimos la sobreprotección como otro elemento inhabilitante en el cual el individuo no aprende suficientes habilidades sociales porque no tiene esa oportunidad, ni siquiera la oportunidad de realizar una adecuada gestión emocional que lo capacite para enfrentar situaciones adversas en su vida adulta.

Generalmente estos niños retrasan su proceso de madurez emocional encubriendo su poca habilidad de relacionamiento en esa actitud de niños mimados o de aparente inmadurez que los libera de responsabilidades y de hacerse cargo de sus propias vidas. Muchas personas que me vieron de niño pensaban que me convertiría en un médico por aquello de que mi madre era enfermera. Y es que a mis escasos ocho o nueve años pasaba las tardes con mi madre mirando la obstetricia de Williams, la llamada Biblia de la Obstetricia, de la que aprendí que era una episiotomía y en qué consistía, qué era una laparotomía y en qué consistía, términos que ni siquiera un adulto conoce y que para mí eran familiares dada la especialidad de mi madre en la enfermería que era la obstetricia. Sin embargo, huelga decir que este era el sueño de ella, más no el mío y todo esto lo hacía más por complacerla que por convicción. Otros pensaban que sería abogado por la influencia de mi padre quien en este sentido siempre fue más respetuoso y nunca quiso sesgar mis elecciones.

Pero lo que nadie imaginó fue que cuando quisieron darme cierta autonomía y libertad, no tuviera la más mínima idea de cómo tomar decisiones adecuadas y me enredara en comportamientos y situaciones que lesionarían seriamente lo que en apariencia estaba destinado a ser. Como padres debemos tomar muy en serio el tipo de entorno en que estamos criando a nuestros hijos para evitar que se impida su desarrollo emocional que los lleve a ser asertivos y optar siempre por actitudes y conductas que les procuren buenas posturas no solo desde lo intelectual, sino sobre todo dese lo emocional.

 

TOMADO DEL LIBRO "PROPÓSITO DE UNA VIDA"

DEL COACH YURI ELÍAS CAMACHO (Aun en proceso de edición)

 

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